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Ciudad de Humos

Una empresa estadounidense emplea a miles en un pueblo peruano, pero la salud de los niños está en alto riesgo

En La Oroya, Perú, los niños juegan fútbol en la calle y como tantos otros chicos latinoamericanos sueñan con ser Ronaldo o Maradona mientras corren detrás de la pelota y patean al arco. Pero cuando vienen los “humos”, me cuentan, sus madres los hacen entrar a las casas, apuradas, y cierran tras de ellos puertas y ventanas.
En La Oroya, las mujeres lavan la ropa dos y tres veces seguidas porque un polvo blanco que viaja con el viento se asienta en las camisas y en las sábanas tendidas al aire libre, y lo tiñe todo.

En La Oroya, la gente tiene los ojos rojos, inyectados, y el aire está impregnado de un olor agrio que quema los pulmones y la garganta.

No puedo respirar en La Oroya. El asma que creía parte del pasado, me golpea con fuerza cuando intento subir las escaleras empinadas de los barrios que se agolpan contra los cerros de esta ciudad andina, enclavada a 4.000 metros sobre el nivel del mar en el sureste de Lima.

Me interno en las calles angostas, laberínticas, buscando reconocer el territorio. Perros flacos comen los restos de comida que desechan los vendedores del mercado callejero. Más allá, en la vereda, una fila de chicos espera su turno para lavarse las manos con agua de un contenedor plástico que sostienen dos señoras.

“Si no me lavo las manos antes de comer mi fruta, entonces como plomo”, dice Brayam Rosas, un chico de 7 años, mostrándome las palmas blancas y sonriendo con inocencia.

La explicación a las palabras de Brayam, a los ojos inyectados de los oroyinos y a los humos que cortan el aliento está en la mole antediluviana de metal que durante 83 años ha dictado el destino de esta ciudad: la fundición de metales de La Oroya, la más grande de su tipo en el Perú.


Mishell Barzola toce mientras su hermana Rosario Puchoc Ccanto le ayuda a ponerse los zapatos. Con seis años, Mishell mide un metro y pesa poco más que su hermano de 18 meses. Retardo en el crecimiento y pérdida de apetito son síntomas comunes de la intoxicación por plomo.

Los “humos” no son otra cosa que plomo, arsénico y dióxido de azufre, entre otros contaminantes, arrojados a la atmósfera por la fundición en cantidades que raramente se ven en los países del primer mundo.

Pero, claro, La Oroya queda en el Perú.

La compañía que compró la fundición en 1997, la empresa estadounidense Doe Run Co. con sede en Missouri, acaba de lograr que el gobierno peruano apruebe un decreto que le permitiría demorar sus compromisos ambientales en La Oroya por un máximo de cuatro años después de la fecha límite de 2007 que establece el contrato original.


Interior de la refinería de plomo, donde el metal alcanza una pureza del 99 por ciento. Doe Run vende plomo, zinc, cobre, oro y plata en Estados Unidos, Europa y Brasil, entre otros lugares.

Los estadounidenses dicen que heredaron un desastre ambiental del gobierno peruano y que necesitan más tiempo para solucionarlo. Si no, abandonarán Perú, amenazaron en diciembre pasado.

Mientras tanto, estudios recientes muestran que 99.9 por ciento de los niños menores de 7 años de La Oroya Antigua, el barrio más cercano a la fundición, están intoxicados con plomo a niveles que son en promedio tres veces más altos que los que la Organización Mundial de la Salud considera aceptables.

La presencia de plomo en el organismo, dicen los expertos, daña el desarrollo físico y neurológico, especialmente en los niños, sus principales víctimas.

Los cerca de 18.000 chicos que viven en La Oroya inhalan e ingieren plomo constantemente. Cuando juegan a las canicas en las calles de tierra, el viento arroja en su cara los residuos de plomo que se depositan en el suelo.

En casa, las madres sacuden el polvo tóxico de los muebles y los linteles de las ventanas sólo para encontrarlo de nuevo, en los mismos lugares, algunas horas más tarde.

“Cuando tocas con el dedo la pared, el dedo sale negro”, me dice Armida García pasando rápidamente el índice sobre una de las mesas de madera del restaurante que administra en La Oroya. Su hijo, Manuelito, no es la excepción entre los chicos del lugar. Doe Run, cuenta Armida, le apoyó durante algún tiempo con medidas de higiene y nutrición y la salud de Manuelito mejoró. Así y todo, el pequeño tiene niveles de plomo en la sangre ya casi son inexistentes en los Estados Unidos.


Mishell Barzola juega con una muñeca que le regaló la empresa Doe Run. La niña tiene cuatro veces más plomo en la sangre que lo que se considera aceptable en EE. UU. y su familia de seis miembros vive en una pequeña habitación alquilada. La madre de Mishell está preocupada por la salud de su hija, pero dice que sin la fundición el pueblo desaparecía.

Pero, claro, Manuelito vive en el Perú.

Armida no tiene miedo de decir que Doe Run debe cumplir con su programa de mitigación ambiental en tiempo y forma, como lo está haciendo en Herculaneum, Missouri, bajo el estricto control de la Agencia de Protección Ambiental. Pero en La Oroya, no son muchos los que se animan a hablar de estas cosas porque la mayoría de las fami-lias depende directa o indirectamente de la compañía para su subsistir.

El sello de la empresa estadounidense está por todas partes en esta ciudad de 33.000 almas. Los edificios de las escuelas públicas, el sindicato metalúrgico y la estación de policía están pintados de blanco y verde, los colores corporativos de Doe Run. Mientras camino por el mercado escucho los anuncios que la empresa paga en las radios locales para promocionar sus programas de reforestación. Las camisetas de los niños que juegan en las plazas remozadas por la compañía dicen “Doe Run Peru”.

“Los padres ven la alegría en la cara de sus hijos y agachan la cabeza”, me dice Teodosia, una enfermera que pide no revelar su apellido. “Lo hacen por una taza de chocolate o por un juguete”.

El drama del plomo, dicen los expertos, es que sus efectos no se ven inmediatamente. Es un veneno de acción lenta y silenciosa.

Por eso en La Oroya el argumento de la salud en riesgo pierde la partida cuando compite con el de la necesidad económica. Aquí es imperativo que el papá tenga trabajo en la fundición y que la mamá pueda complementar el ingreso lavando la ropa de las esposas de los ingenieros de la empresa. Además, los niños reciben robots electrónicos y muñecas Barbie para Navidad, regalo de Doe Run.

Después de todo, dicen los lugareños, a la larga uno se acostumbra al ardor de ojos y de garganta, al olor agrio y a los humos. También los oídos se adaptan al sonido metálico y pesado del tren que entra y sale de la fundición acarreando vagones repletos de plomo y otros metales para vender en Estados Unidos y en Europa.


El complejo metalúrgico de La Oroya ha dictado el destino de esta ciudad por 83 años. Las montañas que rodean la planta se han ido quedando sin vegetación por las emisiones tóxicas.

Camino por el interior de la fundición y veo contenedores sellados que dicen “Destino: Zurich”. El guía me dice que las cajas contienen lingotes de oro y cada lingote está valuado en 150.000 dólares. El valor de cuatro de esas barras de oro -- no puedo evitar pensar — corresponden al total del presupuesto anual de La Oroya, donde un tercio de las familias no tiene agua potable o baño en su casa.

A los 7 años, Brayam Rosas no entiende de intereses corporativos, de derechos ambientales o de protestas sociales. Para él la chimenea de la fundición es el símbolo de su pueblo, y el sitio donde su abuelo Ermenegildo trabajó por muchos años. A Brayam también le gustaría ser obrero me-talúrgico algún día.

Brayam tampoco entiende bien por qué él es el niño más pequeñito en estatura de su clase ni qué relación tiene eso con el estudio de plomo que le hicieron dos años atrás y que dejó a su mamá, Carmen, sin dormir por varios días. “Estoy chato,” me dice riendo y apoyando la palma derecha sobre su cabeza. “Mi mamá me da vitaminas para crecer.”

Vuelvo a caminar las calles polvorientas y angostas de la ciudad. Las mujeres cargando bebés en la espalda y vestidas con los coloridos trajes andinos se mezclan con las camionetas modernas de los ingenieros de la planta y con grupos de muchachas jóvenes que me paran en la calle y se ofrecen como empleadas domésticas.

Dejo La Oroya y Latinoamérica con más preguntas que respuestas. En mi mente trazo paralelos entre la realidad cruda del sur del continente y los dilemas a los que los latinos se enfrentan cuando cruzan el Río Grande para probar suerte en los Estados Unidos. Es siempre una elección injusta: la familia o el trabajo, la salud o la supervivencia económica.

Tal vez La Oroya sea algún día la ciudad de cielos clarísimos que los niños dibujan en los concursos de arte organizados por Doe Run en las escuelas. Tal vez Brayam Rosas reciba tratamiento médico definitivo para el plomo y también Manuelito García. Y cuando grandes ellos mismos puedan comprar regalos a sus hijos para Navidad.

O tal vez no.



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